Mudas palmeras. La Morelos de aquellas décadas

Por: Francisco Zamora

Era uno de esos días de buen ánimo, brillo de soles en noviembre. Mis pasos vagaban por las polvoreadas calles de Torreón.  Una de esas tardes en que caminaba por una de sus arterias más frecuentadas, iluminada, la más hermosa de todas: la gran avenida Morelos. era el corazón de Torreón en aquella época, en los setentas, donde Baco y Eros tenían un acuerdo de por vida, y sus mudas palmeras eran testigos oculares de tantos acontecimientos.

Esa tarde de invierno me encontraba observando el gran aparador de la tienda de electrónica y cámaras,  De Llano, ubicada en Acuña y Morelos, cuando el llamado de un dios británico me hizo virar hacia el restaurante El Cairo. Desde donde estaba pude ver cómo se meneaba una larga y rubia cabellera. Crucé la avenida, me acerqué poco a poco, y no podía creer lo que mis ojos negros veían: era el baterista de los Beatles, nada más y nada menos que Ringo Star quien en ese tiempo filmaba en Villa Del Oeste, Durango una película llamada El Cavernícola, por cierto mala producción, filme tonto y sin argumento; pero a mí eso no me importaba, era Ringo, el de Rubber Soul, Sargento Pimienta, Tax Man, Paperback Writer, Elleanor Rigby, El Disco Blanco sin nombre, Abbey Road, y mil cosas más. Entré y lo miré de lado, él movió su cara como saludándome con un humor muy inglés. Salí como drogado. Quería contárselo a todo el mundo; finalmente se lo conté a Dios, y lo guardé para siempre en mi cajón personal de recuerdos. Hace un tiempo me contaron cierta anécdota: en una fiesta un grupo estaba tocando e invitaron a la concurrencia a tocar la batería. Alguien se trepó, tocó maravillosamente y pasó desapercibido, lo ignoraron por completo: era Ringo Star.

En la Morelos te podía suceder de todo. En los setenta, arriba de un Mustang convertible blanco, alzaba sus cortas manos el conductor que nos aburriera con su Siempre en Domingo, Raúl Velasco. La gente lo saludaba como si fuera el papa; yo lo vi y no lo saludé. La Morelos tenía un café de lujo y abolengo en esos años en la esquina de la calle Cepeda llamado Los Globos,  era muy común ver a personalidades del medio artístico: Ofelia Medina, Ignacio López Tarso, Guillermo Murray, Carlos Ancira, Pilar Pellicer, Oscar Chávez, Ernesto Gómez Cruz y seguramente otros que no me tocó ver. Era un café elegante, sereno y no muy caro, donde podías charlar y degustar una exquisita taza de café de Córdova, con las rosquillas caseras de Doña Chita, que tiempo después pusiera su propio restaurante. También podías comprar algún juguete o broma en Chácharas y Juguetes, aparte de juguetería tenia un extenso surtido en papelería, mercería, enseres del hogar y bonetería; se me sale el corazón cada vez que paso y veo las ruinas de lo que fue.  La Morelos era encantadora.

Siempre en una esquina, parado, con sombrero de copa, traje de frac, zapatos de charol de dos colores, reloj de cadena, lente para un ojo nada más, y cara de pingüino desvelado. Decían que hablaba mil idiomas. Allí estaba, la raza le llamó Sir Buitron;  siempre de pie. No conocí su voz, lo último que supe fue que,  enloqueció y murió solo, como muchos que naufragaron en esta tierra.

Era yo muy joven cuando vi en un balcón del tercer piso del Hotel Elvira, hoy Hotel Palacio Real,  asomar su negra cabellera -después de un concierto en la plaza de toros donde abarrotó por completo -y hacer mil ademanes a sus seguidores: era Raphael. En ese tiempo la radio tocaba su hit Mi gran noche, una gran voz y talento. Estuvo cinco minutos contados y se metió, dejando afuera lloriqueos y ronqueras.

Desde la Valdez Carrillo hasta La Alameda solía ser el desfile nocturno de carros viejos y último modelo, mismos que paseaban y sonaban sus bocinas al aire. Yo iba en un Renault 5 en la parte de atrás,  con mis amigos Carlos y Alejandro. Eran los ochenta y disfrutábamos el disco Duke de Genesis, pero había que tomarse por lo menos tres tazas de café en el café de todos, Benavides,  en la calle Treviño; una farmacia con cafetería siempre llena y parte aguas de un carnaval de gente de todos los colores: había franceses, irlandeses, italianos, árabes, chinos y hasta africanos. De allí partíamos hacia la gran Morelos para ver a los impostores de la Fiebre Menuda bailar Chamos y Parchís, era un verdadero hoyo funk de La Fiebre Menuda, comandada en aquel tiempo por Canal 4 y Juan Ángel Vázquez,  de quien se rumoraba era manoseador de menores, y que tiempo mas tarde fuera acosado por las enardecidas madres de éstos. Por cierto, dos grupos de chavos que estremecían a sus fans eran Pavorreal y Omicrón grupos regionales que le daban más fuerza a ese estilo, canciones originales, vestimenta y coreografía.

La Morelos nunca dormía, era un desfile de vedettes, travestis, y Prevención Social. La cerveza costaba diez pesos el six, las latas eran de lámina dura y su sabor el mejor de todos los tiempos. Había una cervecería en Lerdo que hacía una exquisita cerveza, única por su sabor: la Cruz Blanca. Al ir a sus instalaciones te regalaban una jarra de vidrio, tres tarros, un enorme abre latas y una cachucha muy bien hecha, además era un placer pasear por sus bosques donde podías tener una conversación con auras que ya no habitan. Tiempo después la cervecera cerró para dar paso al Recreativo los Arcos, después Vivero Municipal de Lerdo.

En la calle Ildefonso Fuentes esquina con Morelos, aun con vida pero en aquel tiempo voraz y consentidor, nos hacía ojitos el Hotel Del Paseo, modesto y bara para que el turista y visitante de este desierto durmiera tranquilo. Allí se hospedó el primer espectáculo para la Comarca Lagunera: Shakira Travesti Show. Hubo marchas de protesta por las damas copetonas persignadas de la vela perpetua, incluso fueron a levantar de los brazos de Morfeo  al padre “Betito” del Sagrado Corazón de Jesús, para que fuera a detener tal espectáculo, no sabiendo que, oh sorpresa: el padre Betito cojeaba casi de la misma pata. Entonces el llamado fue inútil y el Show se dio por todas partes de la ciudad, incluso en la Zona de Tolerancia.

En la Morelos podías disfrutar de los mejores platillos, estaban los primeros tacos al pastor en Torreón, entre Acuña y Rodríguez, deliciosos, acompañados de cerveza corona de barril. También estaban los restaurantes chinos cuando no vendían comida para llevar como hoy en día. En la Blanco llegaba a las 7 en punto de la tarde don Liborio: señor de más de sesenta años, pelo cano y en un carrito extremadamente limpio podías ver muy acomodadas y con los vidrios empañados por el vapor, las mejores gorditas de cocedor que he probado en mi vida, de lujo… chicharrón, chorizo, rajas con queso y frijoles puercos. Brutales.

La Morelos era corta pero substanciosa. También contaba con tiendas de prestigio como la 5ta Avenida y El venado, la ropa era de marca y no tan cara, allí estaban Esteban Garza y Rony para atenderte con ganas. Colasa, una tienda departamental que estaba en la esquina de la Rodríguez, también hacía lucir a las palmeras. Librerías Cristal, Astraleph, y Faedo daban amplitud a la lectura en la Comarca Lagunera. La Hostería el Tecolote, y Candilejas daban recitales de trova y baladas de esos tiempos; una maravillosa tienda de relojería fina y brillantes, El mago de los relojes, apenas libraba de altura para asomarme y ver las marcas; Nivada, Omega, Tissot, Rolex, Cartier, etc.  El argüende se blanqueaba desde la Zaragoza hasta la Alameda, con eso tenías para darte cuenta de todo lo que allí acontecía.

Así seguíamos el rumbo de la gran parranda... desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana. La policía no te arrestaba. En aquellos ayeres era muy común ver a Prevención Social en sus enormes vans blancas recoger a cuanto cristiano, fulana y mengano estuviera ingiriendo bebidas embriagantes; era muy difícil escapar de ellos, pero al llegar a la cárcel también era muy fácil salir, la fianza costaba veinticinco pesos, y de ahí a seguir en la juerga. Hoy mi gran atormentada Morelos se hunde en el olvido, el deterioro, la prostitución y la homosexualidad; sus edificaciones derrumbadas y vueltas a edificar, pero en total obra negra, hablan de un mal manejo del gobierno o una quiebra total en los negocios, de una luz de semáforo en rojo. Quién sabe si la vuelva a ver reír de nuevo, pero siempre que camino por allí escucho la música, la melancolía la nostalgia y al tiempo tragárselo todo.
Aquella Morelos se murió, se fue al cementerio de arlequines con sus gritos, pasiones, alegrías, y la luz de sus coches que le daban vida, grandeza e importancia a una ciudad que no se da cuenta que hoy está creciendo desmesuradamente.

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