MORELEANDO: la reivindicación ciudadana del espacio



Fotografía: Roberto Medina
El primer sábado de cada mes la avenida Morelos del centro de Torreón es visitada por miles de personas. Se pueden apreciar carriolas y bastones transitando por un espacio que hasta hace poco tiempo no figuraba en la agenda sabatina de muchos laguneros. Se trata del paseo Moreleando “de vuelta al centro”, que al cabo de dos años de existencia, mediante le esfuerzo ciudadano, ha logrado darle vida cultural y familiar a una de las calles principales del centro torreonense.

La Morelos ayuda a que edificios históricos se comuniquen con parques públicos y otras vías importantes, por lo que ha sido testigo de grandes acontecimientos a los largo de la historia de Torreón. Además, en esta larga avenida tapizada de palmeras se pueden encontrar algunas de las tradiciones gastronómicas más arraigadas en la región: gorditas, lonches y aguas celis. La Morelos permanece entonces como un emblema urbano e identitario de la ciudad.

A finales del siglo XX la falta de oportunidades laborales y de ocio, la deficiencia en los servicios públicos y la expansión de la ciudad hacia la periferia provocaron un deterioro constante. El centro se convirtió en un espacio anticuado, poco seductor y sin ofertas suficientes que atrajeran a las clases medias. Cabe mencionar que este fenómeno no sucedió de manera exclusiva en Torreón, muchas ciudades experimentaron procesos similares.

Fotografía: Roberto Medina
Al comenzar la gestión de Felipe Calderón el Gobierno Federal declaró una “Guerra contra el Narcotráfico” que pocos meses después comenzó a cobrar factura en distintas regiones del país, La Laguna no fue la excepción. El índice delictivo aumentó de manera notable, todo fue palpable, se comenzó a hablar de la paz con nostalgia. En poco tiempo nos encontrábamos en uno de los lugares más violentos del mundo.

El Centro Histórico de Torreón tuvo que enfrentarse a la condición previa de indiferencia y al miedo provocado por los enfrentamientos en vías públicas. Todavía hoy es posible ver impactos de balas en distintas fachadas, recordándonos la vigencia del problema.

A finales del 2012 La Laguna sufría una de las peores rachas de inseguridad de su historia. El índice de asesinatos por cada cien mil habitantes era superior a 94 y los homicidios dolosos batían el record de los 1000 solamente en ese año. Fue entonces que un grupo de ciudadanos decidió realizar una invitación abierta para volver a utilizar el espacio público y reapropiarse del mismo, comenzando por la Morelos.

Elías Agüero, uno de los fundadores del proyecto, comenta que lo que se pretendía en ese momento era “generar un flujo de paz, armonía y reactivación económica en el centro de la ciudad, (además de) echar para atrás el miedo y la psicosis en los que el centro aparecía como un lugar inseguro”.
La respuesta fue buena y al primer evento asistieron alrededor de 500 personas. Poco a poco la intervención fue tomando forma, se pensó en problemas de orden público que se pudieran resolver aprovechando la inercia y la unión entre este grupo de ciudadanos. Fue así como se decidió intervenir en cuestiones de iluminación, uno de los aspectos más importantes para la existencia de condiciones básicas en seguridad pública.

“Las luminarias no funcionaban en el paseo, la gente se quejaba y nos decía que estaba muy obscuro, que si estuviera bien iluminado caminarían más o se quedarían más tiempo” Comenta Elías. “En cada oficio de solicitud hacíamos hincapié y (en el Municipio) simplemente no atendían”. Por lo que se decidió llevar a cabo una colecta entre los comerciantes del sector con el fin de reparar las luminarias afectadas.

Al encender las nuevas luminarias se sentó un precedente poco habitual y muy ilustrativo: los ciudadanos tenemos el poder de cambiar las condiciones políticas y de mejorar nuestro entorno. El proceso ideal debería de basarse en diálogos y exigencias hacia los servidores públicos, pero en un panorama tan descompuesto como el mencionado anteriormente urgía la acción. Esperar a que el Estado escuchara era ingenuo, había que llamar la atención de los ciudadanos y llamarle la atención a los políticos.

Durante los siguientes meses el evento creció, se corrió la voz de lo que estaba sucediendo en el centro y miles de laguneros se acercaron a participar. Para responder al reto logístico de organizar un paseo con estas características los iniciadores tuvieron que ir profesionalizando la estructura de la asociación. Se conformó el Comité de Moreleando (registrado como una Asociación Civil), se buscó la vinculación con otros actores sociales y se definieron las áreas del proyecto.

Es importante mencionar que a pesar de que no se cuenta con una estructura robusta (el comité está conformado por 10 personas y el área de voluntarios la componen 12 más) el evento cuenta con saldos muy positivos. En la última edición se contabilizó a más de 15’000 personas que asistieron a participar en esta construcción de ciudad.

Entre los asistentes se encuentran personas que recuerdan cómo se moreleaba hace unas décadas, además de jóvenes y niños que conviven en el espacio público de manera horizontal, donde las estructuras jerárquicas pierden peso. Los voluntarios y las voluntarias de Moreleando definen al evento como “un llamado a la acción y a la participación social” donde, aunque parezca una paradoja “las diferencias ayudan a cohesionar y a reconocernos en los otros”.

Fotografía: Roberto Medina
En esta línea, el artista lagunero Román Eguía comenta que para él “Moreleando es una marcha por la paz que sucede cada primer sábado de mes”. Cuestionando la apatía en la región y demostrando que los mecanismos de expresión social pueden ser muy diversos. En el corazón ideológico de Moreleando los términos arte y cultura son centrales, son precisamente estos elementos los que pueden detonar la participación y promover la recuperación de una comunidad.

Este espacio de encuentro que nos permite convivir con los otros y conocer lo otro es un ejercicio ciudadano interesante. Moreleando se ha convertido, de manera consciente o inconsciente, en una condición del centro en los últimos años. El impacto económico generado con los nuevos comercios de la avenida va de la mano con este cambio de mentalidad que se propone desde el Comité de Moreleando. La apertura de la librería El Astillero, por ejemplo, es un paso importante para la cultura torreonense, generado de la reactivación económica de esta zona y la participación ciudadana en la recuperación de los espacios culturales, en este caso gracias a Ruth Castro, Germán Cravioto, Édgar Lacolz y un grupo de compañeros editores.

Los retos para Moreleando como Asociación Civil son muchos: desde vigilar proyectos urbanísticos como el Paseo Morelos hasta sostener la intervención y buscar alianzas con otros grupos sociales. Aunque la construcción de procesos pueda parecer lenta, la aparición de este tipo de puentes entre la ciudadanía y el Estado es sumamente positiva.

El intercambio de información entre sectores favorece a todos, es por eso que los conceptos y las buenas prácticas en cuestiones de transparencia y rendición de cuentas son tan relevantes. Si existe reciprocidad y credibilidad es posible hablar en primera persona del plural.

La ciudad es heterogénea y el centro es un reflejo de la misma, si seguimos promoviendo el intercambio de experiencias y el diálogo entre actores se generará un tejido social más resistente. Si seguimos utilizando nuestros espacios de manera cotidiana tendremos una ciudad más consciente y crítica, un centro mejor cuidado y menos balas en las fachadas.

Reconstruir la confianza entre los ciudadanos después de eventos tan traumáticos como los que se experimentaron en La Laguna es algo complicado. Sin embargo, es gracias a intervenciones como esta que podemos empezar a ver luces en el camino.


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