Buscar el peso y arrastrar el hambre


Desde la mañana hasta las cinco o seis de la tarde atiende su puesto, pequeño y de lámina, atiborrado de fierros, ubicado en el poniente de la ciudad, junto con otros tantos fierreros más. Dice ser el fierrero más antiguo de todos ellos: 35 a 40 años. Está ahí todos los días, los domingos hasta mediodía.

—El lunes malo, el domingo pues malo. Hay veces que hay dos, tres días malos, que no vende uno nada, así que siempre vamos apretaos, siempre vamos apretaos —me dijo Raúl, 85 años, los ojos de un color azul brumoso como empañados ya por la vida, vive en la colonia La Compresora en una casa de adobe que tiene “bien arregladita” y que construyó con el dinero de sus años de trabajo en Estados Unidos, porque aquí nunca le hubiera alcanzado con su trabajo de plomero para mantener a los nueve hijos que tuvo.

Eran pasadas las tres de la tarde y no había vendido nada. Estuvimos platicando una hora y sólo una señora se acercó porque quería copia de una llave, pero él no daba ese servicio.

 Antes pasaba temporadas en Estados Unidos viajando de ciudad en ciudad y trabajando de lo que consiguiera: como tumbando árboles y pinos, por ejemplo. Pasaba algunas otras temporadas en Torreón, a donde venía a atender su puesto de fierrero, éste mismo en el que estamos.

—Ahorita la comida es muy cara ya. Mire, ahorita yo me como dos gordas, me cuestan siete pesos cada gorda. Son 15 pesos, sin agua, sin soda. No hay comida barata. Ya con 15, 20 pesos no comes y está carajo pa conseguir los 15, 20 pesos, y son tres comidas. ¿Cuánto no gasta uno? Lo que no gana.
 Después me habló sobre sus hijos, que si no fuera por ellos, no habría manera de sobrevivir, que le regalan ropa con la que se va los domingos a la plaza a bailar, su único gusto, su cotorreo, donde se echa su soda, su nieve, donde tiene varias bailadoras: a todo dar. Y también hablamos un poco de política.

—¿Usted volvería a votar o está desanimado?

—Ya piensa uno muy diferente. Ya no, no voy a votar, que al cabo es lo mismo. Nos ven la cara de tarugos.


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Últimamente, una palabrita ha inundado el léxico gubernamental y hasta el universitario: emprendedurismo. Las universidades ahora forjan emprendedores, las dependencias municipales te invitan a sus talleres para que emprendas tu propio negocio. Para personas como Raúl, esto es verles la cara de tarugos. Ellas, muchas de ellas, me refiero a personas que toda su vida han ejercido oficios que hoy cada vez parecen necesitarse menos, aquellas para quienes el término “emprendedurismo” está tan lejano como sus años de bonanza, ellas no entran en esas estadística que los políticos siempre disfrutan presumir. Para el gobierno y para las empresas, no son emprendedoras, salvo porque emprenden cada día la incertidumbre, la zozobra de no saber cuánto tiempo habrá que estar en la calle para ganarse quién sabe cuántos pesos.


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Hay algunos que han hecho de las cantinas de Torreón su centro emergente de trabajo, tugurios donde en minutos o en una hora pueden salir algo de dinero, lo suficiente para pasar el día o, con mucha suerte, la semana.

Así le hacen los músicos de conjuntos norteños que están afuera del bar Gota de Uva. A partir del mediodía hasta las siete de la noche, esperan por alguien que vaya y los contrate. Si eso no pasa, que ahora es la mayoría de las veces, se internan por las cantinas y van ofreciendo sus canciones a los bebedores. Si aun así tampoco les resulta, la esperanza que les queda es esperar el sábado y el domingo. Esos días, me dijo el señor Castillo, acordeonista de Los Mariscales del Norte, la cosa se compone: de 800 a mil pesos salen.

Quien también se da una vuelta por las cantinas es El Caballo, bolero de profesión durante toda su vida. Estaba sentando en la calle Morelos, casi llegando a La Alianza, sobre un bote grande de chiles La Costeña. Al frente, su cajón de bolear.

—¿Cuánto ganas con esto a la semana?

—Ahorita no llevo ni un cinco —y eran las tres de la tarde y estaba ahí desde las ocho de la mañana—. Ahorita a la semana gano… ¿qué puedo ganar? Unos 200 pesos, pa mantener familia.

El Caballo parece ser un hombre correoso, su piel renegrida, unos 50 años, sobre su mano derecha un tatuaje de una araña que afirma que él mismo se hizo. Desprendía un tufo a alcohol.

—¿A cuánto cobras la boleada? —le pregunté.

—A 10 pesos, a 10 pesos, porque la gente ya no se presta para estar pagando 15 o 20 pesos.
Me contó sobre su familia: una esposa y un hijo que sufre de convulsiones, que viven en una casa en la colonia San Joaquín que el presente ayuntamiento se la reconstruyó con bloc porque “este ayuntamiento que anda dando está bueno, gracias a Dios, ¿eda?, chido”, me dijo.

—Lo que Dios nos dé. Estaba pensando: ya con unas 50 bolas que Dios me dé ahorita, con eso me conformo, con 50 pesitos. Pero no completo con eso, hijo, no completo.

A El Caballo le gusta la peda, la borrachera.

—Mira, neta, hijo, mira —entonces abrió su cajón y lo encontró vacío—: ¡ya se llevó el pisto este cabrón! —gritó con resignación refiriéndose a un hombre que antes de que yo llegara estaba con él. Yo me reí y el siguió contando—. Puro sotoluco, mezcal y cerveza, un cigarrito pero no cigarro del otro, eh.

Cuando den las cuatro o cinco de la tarde, se levantará de ahí y comenzará con su tour cantinero, hasta que sean las ocho de la noche. Es decir: se habrán cumplido 12 horas de estar en la calle, buscando el peso.

De una cantina de la Morelos, hace un rato, salió Juan Guerrero. Es un hombre con sobrepeso, con unas gafas oscuras, con un bastón en una mano y en la otra un botecito de donde saca unas monedas y se las guarda en el bolso de su pantalón. Perdió la vista hace casi cinco años, me dijo.

—¿Cómo fue?

—Un accidente.

Y no me quiso decir nada más sobre ello, hasta después me comentó que pasó en Gómez Palacio. Vendía gorditas en un triciclo afuera de la presidencia municipal y que un día, de regreso, un auto lo aventó. Un tubo del triciclo lo golpeó en la cabeza y ocho meses más tarde quedó ciego, que lo operaron algunas veces pero nada, al final oscuridad total, y que el conductor del auto ni siquiera se detuvo pero que allá con Dios tendrá que rendir cuentas, me dijo.

Para que su hija, una niña de casi seis años, no pase hambre, su esposa vende productos Avón y él, pues bueno, él está aquí entrando y saliendo de cantinas, arrancando unas monedas a los transeúntes.

—En nuestro caminar encontramos la bendición.


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Para algunos otros tratar de ganarse algo de dinero para sobrevivir al día es ensolarse. De por sí: vivir en La Laguna es sudar apenas al andar unos minutos en la calle. Son inicios de marzo y el sol ya pega con cerca de 30 grados (después volvería a hacer un poco de frío, pero hoy no, hoy el calor logra abochornar).

—¿Al día más o menos cuánto sale? —le pregunté al Márcala, un hombre que por estos días cumplirá 71 años y que va vendiendo por la Plaza de Armas dulces y cigarros en un diablito para mandado.

—Pues algunos 50, 70 pesos, con todo y la comidita unos 100, y muy forzao —respondió. Muy forzao, dijo, porque a veces tiene que extender su jornada de trabajo hasta 12 horas diarias.
  
Rodolfo Sandoval, alias el Márcala, es un campesino del ejido La Paz. Allá, en el campo, quedarse es casi como dejarse morir de hambre. Acá, en la ciudad, al menos hay algo qué hacer. El Márcala es ya casi calvo, chaparrito, el ojo izquierdo lleno como de un nubarrón blanco, inservible.

—Mira, joven, te voy a hacer una pregunta: ¿cuánto calculas tú que pueda ser el salario mínimo? Al salario mínimo nadie la hace caso porque el que tiene un oficio gana un poquito más del salario mínimo que el que vende un dulcito o algo. Comes en la calle y te cuesta 30, 35 pesos, ¿te quieres aventar una soda?, ¿cuánto cuesta una soda? —unos 10 pesos le respondí—. Mira, márcala, mira, yo aquí no compro nada, todo me regalan, pero me porto bien con la gente —minutos antes un señor se acercó y le regaló un refresco—. ¿Te imaginas para ir a comprar unos tenis de los más baratos?, ¿cuánto te cuestan unos tenis? —me volvió a preguntar,  le dije que unos 200, luego se rio y dijo “sí, está cabrón” y después prosiguió mientras me mostraba sus tenis blancos, percutidos, rotos—. Y ahorita pa andar camine y camine en el sol está cabrón, así que si ya saco pa dos comiditas y poquito que me quede, está bien.

Luego me contó que vivía en un cuartito que le prestan, allá por el Cerro de la Cruz, y que así es como se aliviana, que sólo tiene que pagar la luz y el agua.

—Dijeras tú: no, ese hombre vende y trae la cartera llena; no, márcala, no te echo mentiras, mira, ahí ta —abre su cartera y un billete de 20 pesos se asoma—. ¿Qué te parece? Cuando hay más gente, pues en sabadito y dominguito, pero entresemana, mira, márcala, tienes que caminar.


***
Si pasan por allí un fin de semana, frente al parque Fundadores, verán a doña Paz, viuda, abandonada hace unos años por su hija, señora gritona de las semillas.

Ella recibió el más estruendoso de los dones: la habilidad para encarcelar el aliento en sus pulmones, hacerlo bailar para finalmente soltarlo fortísimamente:

—¡Semillaaaaas, hay semillaaaaas!

Un grito que se haría escuchar hasta por el más empuercado de los oídos. Y un grito que haría fenecer a los más débiles pulmones si éstos lo llegaran a expulsar.

Ese día domingo a las cuatro de la tarde fue bajada del Cerro de la Cruz por un taxi que le cobró diez pesos.

Así fue como hoy está de nuevo afuera del parque, sentada sobre el bote en que transporta sus mercancías: que no se reducen solamente a semillas, pues sobre una canasta también exhibe cigarros, dulces, chicles y paletas. Sin embargo son las semillas el único producto que merece ser alardeado por su voz de 97 años.

Doña Paz tiene muy bien justificada la razón por la que sólo vende los fines de semana. Con apresurada minucia, y con voz chillante, enfatizando cada silaba con un tono de laringe atrofiada por tanto grito, explica el programa económico de los laguneros:

—No, entre semana no. Me dicen que entresemana se pone bueno, pero pos yo digo que no, que el domingo es el día que llega el medio, el dinerito. Entresemana ya llega el abonero, las drogas y se van a tráir el mandadito, las gorditas y ya el dinero ya no. Y el domingo pues aunque le recorte la gente, viene a pasearse un ratito.

Lleva años aturdiendo oídos. Antes su menú dominguero también incluía duros con salsa, cueritos y verdura. Era el tiempo en que su hija le ayudaba. La llevaba y luego regresaba por ella. Lamentablemente para doña Paz, su hija cayó en las celosas garras del matrimonio. Por eso ahora vive sola,  aunque ella no lo considera así.

—Vivo con mi gente, mi gente del barrio.

Su primicia parece ser que si el grito no ensordece, no vende. No hay persona que se acerque, en un radio de cinco metros, a la que no le ofrezca semillas. Su retórica de vendedora persuade:

—¡Hay semillaaaas, lleve semillaaaas, pa que se entretenga viendo la tele mientras ta la comida, ay qué bien, mientras come. Mire, mire qué buenas semillotas, ándele, lleve semillaaaas!

Una señora con un niño se acerca: “¿Quieres semillas, hijo?”. El niño niega con la cabeza, y señala hacia el vendedor de nieves frescas. Con este calor como de estufa, muchos desdeñan el salado producto que oferta doña Paz. Una venta frustrada que no la desanima.

Esta noche cuando se retire del parque, se persignará, echará agua a los asqueles que se le habrán formado en el lugar donde estuvo sentada, y con suerte encontrará un taxi de ruta que la ascienda de nuevo hasta el cerro por diez pesos; si no, tendrá que caminar con su espalda encorvada cargando el peso de casi un siglo, arriesgándose a pasar por esa casa grande que tiene muchos autos estacionados y de la que presiente que le quieren quitar su bote, y tal vez esa noche usará por primera vez un palo de escoba que carga para defenderse.

—No tengo miedo. Dios por delante y yo detrás de él.

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