El poniente de Torreón: carnalismo y solidaridad

El nueve de enero se presentó en la biblioteca José García de Letona, al interior de la Alameda Zaragoza, el libro “Levantar el poniente. Acerca de la juventud: Identidades y violencias en el sector poniente de Torreón”. Este estudio fue el resultado de un proyecto realizado por el Grupo de Investigación Interdisciplinaria de la Laguna (GIIL). Para conocer lo que hay detrás de este libro, conversé con tres de sus cuatro autores.


Fotografías: cortesía GIIL

Érika Soto Villalobos, socióloga por la Universidad Autónoma de Coahuila y maestra en Antropología Social por el Colegio de San Luis, tuvo sus primeros acercamientos con las colonias del poniente de la ciudad cuando trabajó con dos asociaciones civiles en ese sector. Un día, en el Cerro de la Cruz, se encontró con un grupo de niños de alrededor de 12 años. Eran halcones, los vigilantes del narco. Entre todos hacían una cooperación para comprarse un pan. Días más tarde en la página de Facebook Código Rojo Laguna apareció la fotografía de un cuerpo delgado asesinado a tiros en la cancha de esta colonia. Érika supo que se trataba de uno de estos niños.

—En tu texto hablas de que no hay una edad universal para definir a la juventud. ¿Los jóvenes del poniente cómo significan la juventud?

—La cuestión es que el constructo de identidad es bastante complejo, por eso, ¿cómo puedes definir la identidad de un grupo? Pues tiene que ver a partir de los haceres, de las prácticas, de lo que hacen, de lo que piensan, con quién se juntan, de sus referentes. Yo creo que la identidad se conforma a partir de eso y no podría englobar la identidad de los jóvenes del poniente porque en realidad hay una diversidad de jóvenes muy amplia, hay una diversidad de prácticas muy amplia.

El artículo de Érika está enfocado en los diversos grupos que existen y a sus prácticas: bellacos, cholos, raperos. Es decir, el barrio. Ahí donde se desarrolla algo llamado “carnalismo”, que es la unión, la hermandad de ser carnales pertenecientes a una misma pandilla. Sin embargo, la intensidad de la violencia del narco desarticuló a muchos de estos barrios. Pero, ¿qué pasa con esta solidaridad llamada “carnalismo” después de esto?, ¿se expande?, ¿hacia dónde se fue?

—Antes en la Durangueña era donde se vendía y se distribuía la droga para todos los barrios, entonces ahí  el conflicto del narcotráfico realmente no existía porque era el único lugar donde se expendía la droga y la gente de los demás barrios iba y compraba. Cuando llegan los del cártel de Tamaulipas, lo que hacen es que quieren meter a todos en una misma lógica: tienes que consumir mi droga, no puedes consumir la de los otros. Y entonces entre estas disputas finalmente los chavos o la gente de los barrios, que eran los que eran consumidores, toman una posición, y la posición es pues obviamente como de la misma pertenencia que había: pues estos son los chidos, siempre nos han despachado bien, nunca hemos tenido ningún problema con ellos, y llegan estos otros compas y llegan a amedrentarnos y llegan a no dejarnos juntar. Y finalmente ahí lo que ocurre entre estas disputas de los grupos armados es que se da una unión entre los barrios pero en términos de “a ver, estos batos nos están chingando”, entonces después de que los sacan [a los de Tamaulipas] y de que los chavos pueden salir otra vez a la calle, que pueden otra vez ocupar sus esquinas, ocupar sus espacios, ya más bien lo menos que quieren son broncas. Están mucho más preocupados por retomar su vida que por retomar los conflictos. Es el parteaguas que los chavos con los que yo platiqué marcan para hablar de esta unión que se da entre los barrios. Yo creo que esta generación de carnalismo o de respeto entre los barrios, esa unión, se dio a partir de estas disputas que les dejaron un montón de pérdidas, que les dejaron un vacío bien fuerte.


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Migdy García Vargas nació en el poniente. Creció en la Nueva Rosita escuchando corridos y cumbias, visitando a sus tías del Cerro de la Cruz, esperando al señor de las paletas que pasaba a las seis, escondiéndose de “El cuadrado” y de Beto “el comebasura”, dos vagabundos que vivían en el barrio. Acompañaba a su abuelo a su trabajo en la cuerería en la Alianza. En ese tiempo, lo normal eran las peleas entre los barrios: la Maclovio contra los de la Rosita, los del Cerro contra la 20.

“Nos tuvimos que salir porque el río se desbordó. En el cuarto de mi mamá y mío salieron grietas y se podía escuchar el ruido del río bajo el suelo. De no ser por eso creo que hubiéramos estado ahí mucho más tiempo. Todas las circunstancias que viví las fui asimilando conforme crecí. Salir del poniente fue entrar en otro mundo”.

Ahora es abogada y maestra en Gestión Sustentable. A los 17 años entró a trabajar como meritoria a la PGJE. “En ese tiempo existían los juzgados letrados y yo estaba en el área, por así decirlo, donde se recibían denuncias por homicidios y violaciones y me di cuenta muy rápido que para conseguir mi meta profesional debía despojarme de muchas cosas, entre ellas, la sensibilidad. A diferencia de mis compañeros, cualquier caso para mí representaba un gran reto para no quebrarme frente a las víctimas. Todos los días salía llorando y me tuvieron que internar una vez por crisis nerviosa. No imaginaba la vida de quienes habían sido violadas, de los familiares de los muertos, no me imaginaba andando por la vida con ese agujero en el pecho y con el coraje de que no había Estado tal que protegiera tus intereses”.

—¿Por qué una abogada como tú se interesa por un estudio social como éste?

—En sexto semestre nos dieron Antropología como materia. La verdad es que el maestro no sabía mucho al respecto. Por mis intereses me pidió un trabajo en el CERESO, en el área de mujeres. La experiencia contribuyó a mi percepción sobre que las leyes no están hechas para los jodidos, tampoco para las mujeres; me asombraba ver cómo por el mismo tipo de delito le daban más años a una mujer que a un hombre.

“Todavía recuerdo mi primer día de clases. Una de las maestras nos compartió su gran premisa: ‘El cliente es inocente hasta que se le acaba el dinero’. Yo no soy abogada por eso, creo ridículamente en la justicia más que en sus formas, por eso litigo. Habemos muchos abogados honestos que luchamos contra el estigma de nuestro gremio, creo que la forma más digna de hacerlo es estar siempre cerca de las demandas sociales, estudiar todos los días, no ver al cliente como un signo de pesos sino como una persona que se ha acercado a nosotros para ser asesorado. Las leyes tienen sus formas demasiado retorcidas de explicarse que a veces ni nosotros como abogados comprendemos y suele chocar en el mundo real que pretende regular, ése creo que es otro error que busco resarcir vinculándome con otras disciplinas. El ejercicio legal debe ser siempre interdisciplinario”.

En su artículo Migdy  recoge el testimonio de Cristina, una prostituta de 23 años quien dice: “a la gente no le gusta ver la miseria”.

—¿Crees que los habitantes del poniente quieren ser vistos, escuchados?

—Creo que Torreón es una sociedad mocha, al menos políticamente, que le gusta señalar, criticar, meter siempre el dedo en la llaga, no dudo que pase en otras ciudades. A Cristina la conozco desde hace varios años, es hermana de una vecina, es cinco años menor que yo pero parece mucho mayor. No se avergüenza de lo que hace, más bien le encabrona lo que ve, los policías que las amenazan y extorsionan, las personas que se pasan de vivos y creen que en la concertación del encuentro sexual pueden disponer de ella como quieran, de que los políticos dispongan de sus lugares de trabajo y las vayan alejando cada vez más. La prostitución no podría ejercerse en el Campestre, en Torreón Jardín o en otra colonia de dinero, ¿por qué? En la idea de ciudad subyace la división. Ciudades como Torreón fueron pensadas y construidas para que ricos y pobres no se mezclaran, es más, ni se vieran. El poniente está jodido desde todas las perspectivas: geográfica, social, económica.

—Riferos, farderos, fierreros, fayuqueros… ¿qué pasan con estas relaciones sociales que el Estado no puede regular?, ¿hacia dónde apuntan?

—Es muy fácil decirle a alguien que se busque un modo honesto de vivir, que termine la escuela. No todos pueden y estoy segura de que no todos quieren. Me enfoco en quienes sus circunstancias no les permiten más. ¿Qué pueden hacer? Bueno, pues buscan opciones y las primeras siempre son legales, sin embargo, a veces en éstas hay menos dignidad que en las que trascienden a la ilegalidad. La fayuca es ilegal pero es reconocida por casi todos. Muchos compramos en este tipo de comercio y no nos importa que sean legales o no, en términos jurídicos, lo que nos importa es que es más barato. Lo mismo pasa con los riferos, compra número quien quiere, a nadie se le obliga pero esto no es legal. Para el Estado es legal la Lotería Mexicana en donde ni vemos a dónde va a parar el dinero, pero la relación entre dos personas mediada por el azar donde todo parece más claro, no es permitida. Los oficios ilegales existirán como una forma de subsistir y resistir, de no ingresar a un mercado laboral que despoja de toda dignidad. Buscarán permanecer en las relaciones solidarias.


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El artículo que cierra el libro es autoría de Walter Salazar García que al igual que Érika Soto es sociólogo y maestro en Antropología Social. Además, actualmente cursa un doctorado en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, donde toma clase con el marxista irlandés John Holloway, de quien toma como base sus planteamientos del marxismo abierto para analizar a la juventud del poniente.

—¿Por qué elegir la dialéctica negativa de Theodor Adorno y el marxismo abierto de John Holloway?
—Con respecto a la dialéctica negativa como tal, pues creo que la base teórica más importante en términos de una crítica al capitalismo está en Marx, y para tomar como base teórica a Marx, una es la versión del marxismo tradicional que tiene que ver con el movimiento obrero, el partido revolucionario y cómo la clase obrera va tomar conciencia de clase y va a tomar el Estado y todo esto, pero esta visión no satisface porque realmente lo que yo estaba viendo en las colonias era generación de mecanismos de relaciones sociales solidarias que atentan contra el mismo capital, y la visión clásica del marxismo no lo da, en cambio desde la dialéctica negativa y el marxismo abierto sí porque desde ahí, digamos, el punto de partida es que la realidad social está fetichizada, es decir, nos relacionamos como mercancías y las relaciones sociales están cosificadas, son relaciones entre cosas y no entre personas; pero esas relaciones entre cosas no es una dominación y ya nos relacionamos plenamente como cosas, sino que están en contradicción, es decir, los sujetos están tratando de generar relaciones sociales distintas o destruyendo, agrietando esa cosificación  y eso se contradice y está en lucha contra la cosificación misma del capital.

Una de las primicias básicas del texto de Walter es que la violencia del narco, como la que se da dentro de las familias, en la escuela o en el trabajo, tiene como raíz el capitalismo. Además, en una parte de su texto escribe: “partir de la identidad es reflexionar sobre fetiches, no penetrarlos, es dejar de lado la lucha que conlleva su constitución, existencia y reconstitución”.

—¿Entonces desde dónde partir?

—En el artículo lo que quiero es que quede un poquito más claro que sin duda está cargado también de identidad y de fetichización porque si no estuviera cargado de esto, querría decir que ese otro mundo ya estaría permanente, y no, está en ese proceso y esto es solamente un esfuerzo, por eso se titula notas [el texto lleva por título “Notas para desbordar la violencia: el hacer-poniente de la juventud como expresión de rebeldía anticapitalista”], no es una tesis de una afirmación. Y esta contradicción de que yo parto de la no-identidad pero el libro dice que estudio identidades, pues es algo de acuerdo a la posición analítica y política del autor, porque, bueno, si bien hay que analizar la identidad, la identidad como tal insisto que genera cosificación, entonces yo no quería hacer eso. Lo que intento es abrir la identidad y al abrirla vamos a generar esta no-identidad que intenta ser un esfuerzo crítico.

—Dices en el libro que a los jóvenes del poniente no se les puede considerar contestatarios ni mucho menos revolucionarios, sino como rebeldes anticapitalistas.

—Sí, porque la gente común es gente rebelde. Y la gente común y rebelde somos todas las personas que de repente decimos “estamos hasta la madre”, o sea, ya basta de tanta desigualdad, de opresión, de tener que hacer cosas que no nos gustan, de tener un trabajo que me lleva todo el día, que no me permite estar con mis hijos, con mi pareja, con mis amigos. Entonces, si ya estamos hasta la madre de todo esto y del oportunismo de los partidos políticos, del Estado con todos sus mecanismos y políticas públicas que simplemente son paliativos, entonces en un primer paso es decir no y otro paso que le sigue es vamos a crear algo y lo vamos a construir desde lo que nosotros pensamos, desde nuestra subjetividad que es negada por el capitalismo; en ese sentido, en muchos de los jóvenes con los que yo platiqué yo veía eso, es decir, es gente que ya está hasta la madre, que dice ya basta y entonces decide hacer otras cosas, pero eso que está haciendo no es puro, está en la contradicción misma del capital, pero es una negación-creación.

—Terminas tu artículo diciendo “jóvenes inmersos en la lucha de clases”. ¿Cómo es esa lucha de clases actualmente y bajo este contexto en el poniente?

—La lucha de clases es una ruptura con las formas sociales cosificadas que genera el capital, entonces, por ejemplo, es lucha de clases, desde mi punto de vista, desde el momento de que un compa decide ya no trabajar y hacer lo que a él le gusta, por ejemplo en los crews, ésa es una expresión de lucha de clases; desde el momento en que hay un carnalismo, una solidaridad, un hacer poniente, un hacer barrio, un hacer comunidad, esas expresiones muy pequeñas son luchas de clases.

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