El arte que migra (cuatro casos)

Por: Daniel Herrera

La última vez que tuve el impulso, casi irresistible, de abandonar Torreón fue hace casi tres años, el día que un grupo de sicarios atacó un rodeo-bar dejando, oficialmente, siete muertos y pintando con una camiseta empapada de sangre una letra sobre la fachada del lugar. Tanta violencia incontrolable me empujaba a subir al auto a mi familia y alejarme de esta ciudad que no tenía ninguna sensibilidad ante la muerte que se cernía sobre todos. Al final no lo hice, pero desde que las balas se convirtieron en la única forma de argumentación entre los cárteles del narco, muchos se van buscando una vida más amable.

La migración se ha convertido en una marea hacia ciudades que han permanecido en relativa calma durante la vorágine de violencia que vivió recientemente el país, pero ésta no es la única razón para mudarse y abandonar la comodidad de lo conocido.

Quienes se dedican al arte también tienen sus razones, generalmente se relacionan con una necesidad de evolucionar profesionalmente al buscar ciudades que sean más receptivas que las de origen hacia el arte y sus distintas disciplinas. En especial son los artistas jóvenes quienes se mudan con distintas proyecciones de lo que puede ser su vida laboral en ciudades más grandes.

Para Daniel Espartaco Sánchez, autor de Autos usados (Random House Mondadori, 2012) y Bisontes (Nitro Press, 2013) se alejó de su natal Chihuahua porque su vida familiar estaba en el fango y sentía que las posibilidades de ser un escritor en una ciudad de provincia eran prácticamente nulas: “quería estar lo más lejos posible del desastre en que se había convertido mi vida familiar y (…) veía pocas oportunidades de desarrollo para mí en una ciudad donde todo mundo espera que seas ingeniero y en donde la mayoría de los escritores viven frustrados, esperando a que les publique un libro el Ichicult.”
16 años viviendo en el DF le han creado una perspectiva distinta de lo que es el norte. “Casi siempre escribo sobre Chihuahua, o sobre personajes del norte en la Ciudad de México. Vivir aquí me ha permitido ver cosas de Chihuahua que no podría ver de haberme quedado ahí”.

Por lo pronto, regresar a su ciudad no es una opción, es un lugar que le causa malestar además “mi madre es demasiado castrante. Me gusta tenerla a dos mil kilómetros de distancia”.

Pero no todos emigran para huir de la familia, otros lo hacen por razones que obedecen una necesidad de desarrollar su vida artística. Dinorah Martínez es una soprano que dejó Torreón hace casi cuatro años y ahora vive en Zacatecas. Se fue porque no hay una Licenciatura en Música. Su nueva ciudad le ha permitido centrarse en su propia voz: “Vengo con la música dentro desde Torreón, (…) al llegar a Zacatecas, comienzo a especializarme en el canto operístico y hasta yo misma he terminado por sorprenderme, como no es una carrera ni un arte sencillo, a veces uno no sabe bien hasta dónde es posible llegar. De no haberme cambiado de ciudad no podría dedicarme a esto, era indispensable, lo ha transformado todo, hasta mis aspiraciones y modo de pensar al respecto de la música.”

A pesar de todo, sabe que Zacatecas no es la mejor ciudad para desarrollarse por completo, por eso no piensa todavía en asentarse ni tampoco regresar a Torreón, sus planes no contemplan la inmovilidad.
Otros se mudan por actividades que no están relacionadas con el arte. Pronto descubren que el camino que eligieron no era el indicado y la ciudad que los recibió les da la respuesta de lo que buscan. Miguel Alejandro León llegó al DF para estudiar Ciencias Políticas en el ITAM, ahí se dio cuenta que no tenía la correosa madera que se le exige a los futuros políticos, así que regresó a su primera pasión: el teatro.

Estudiar en una escuela de teatro le abrió el camino que buscaba desde años atrás. No sólo eso, sino es toda una ventaja “tener en el salón de clases como maestros a los mejores creadores escénicos de México. Además, tener un circuito teatral donde las carteleras presentan desde lo más comercial hasta el teatro de “culto”.  Todo este teatro amplió sus referentes.

Para él la Ciudad de México ofrece múltiples ventajas al actor, por ejemplo: “al menos seis escuelas de actuación y teatro con distinto plan de estudios, métodos, costos, tiempos, visiones, perfiles de aspirantes y egresados”.  Miguel no piensa en regresar a su ciudad de origen a vivir, pero sí a presentar su trabajo. Para él es importante compartir un teatro distinto, “quiero acercar a los norteños a este otro teatro que no tiene estrellas de las telenovelas. Un teatro que respeta al espectador como ser humano”.

Pero la migración no es exclusiva del norte, hace dos años Fernanda Melchor, autora de Aquí no es Miami (Almadía, 2013) y Falsa libre (Almadía, 2013), dejó su natal Veracruz para irse a vivir a Puebla. Este cambio ni siquiera estuvo relacionado con la violencia que azotó su ciudad, sino a una simple necesidad de cambiar de aires, estudiar una maestría que no existía en el puerto, conseguir material para el siguiente libro, aunque eso todavía está por confirmarse: “estos dos últimos años me la he pasado estudiando una maestría y hasta hace unos días volví a escribir, así que no puedo afirmar que emigrar haya beneficiado a mi escritura. Mi primera novela la terminé completamente en Veracruz y aunque todo el proceso editorial lo viví aquí en Puebla, sigue siendo una novela escrita en Veracruz, bajo las condiciones de vida que llevaba allá. En una de esas resulta que no puedo escribir nada decente aquí.”

Las ventajas de su nueva ciudad son necesarias para un escritor: la soledad y el aislamiento. Esta distancia le ha servido para regresar mentalmente a Veracruz: “No hago más que escribir de Veracruz. Quizás cuando lleve más tiempo acá podré escribir sobre el pueblo donde vivo. Por ahora, aún no lo tengo muy claro. Apenas estoy comenzando a escribir de nuevo, así que no sé cómo funcionará eso de escribir sobre Veracruz, lejos de Veracruz; por un lado, estar lejos me permite concentrarme en mi propio puerto, en la idea que yo tengo y me he hecho del puerto (un poco como el recuerdo que uno guarda de una fotografía; un recuerdo que tiene tanto realidad como fantasía). Por otro lado, estar lejos ha disminuido notablemente la cantidad y calidad del material de la vida real que uso para escribir; creo que ese es el único problema que veo de estar lejos”.

La escritora es menos radical y sí cree posible regresar a su ciudad: “Tengo esta fantasía en la que regreso a Veracruz de viejita, compro una casa con jardín y me paso lo que me queda de vida fumando mota en una mecedora. Extraño más la idea de mi vida en Veracruz que la vida que realmente llevaba allá.”

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